Archivo de julio de 2010
Somos seres gregarios por naturaleza; amamos la compañía, sobre todo la buena compañía.
De chicos, jugueteamos sin malicia con los demás niños y si no los tenemos cerca los inventamos. He allí la razón por la que a menudo -a temprana edad- solemos dar la impresión de que hablamos solos, cuando la verdad es que lo hacemos con nuestros amigos inventados, esos fantasmas ocultos que están por todos los rincones y acuden a nuestro encuentro con tan sólo invocarlos en voz baja. Jugamos de todo y todo en nuestro mundo es un juego. Preguntamos mucho y las respuestas realmente no nos importan. Un niño jamás querrá tener respuestas que lo conviertan anticipadamente en un adulto.
De adolescentes, en cambio, somos más bien retraídos, rebeldes, introvertidos, solitarios. El bullicio apesta, y nuestra búsqueda se reduce a cómo hacer para juntarnos con otra soledad para hacer dos soledades que terminen siendo una compañia, que no fastidie…que pregunte menos.
Ya adultos, no preguntamos nada. Obvio, el adulto cree saberlo todo y por eso se abstiene.
Por eso de adultos terminamos rodeados de gente a la que siempre tememos cuestionar o preguntar por regla social, o porque el Manual de Carreño aconseja que donde vayais lo que veais, lo que traducido al castellano significa: aunque te parta un rayo, cállate la boca. !
Cómo entender y convivir pues con esos amigos adultos. Es que acaso se creen ellos de verdad con el derecho a llamar a cualquier hora para contarte sus cuitas más triviales, pedirte dinero prestado, hablar a sus espaldas de un amigo común, o simplemente felicitarte entre dientes por un acierto de género mientrás por dentro los revienta la envidia?. Qué fuerza de la naturaleza podría devolvernos a la niñez para decirles en ese momento a esta clase de amigos offline, con nuestra cara angelical y el desparpajo del Chavo del Ocho:
- Pedro.
-Sí, Rafael.
-Por qué no pintas algo.
-Qué podría ser.
-Un bosque y piérdete !
Esa realidad usual del mundo offline nos ha ido arrastrando lentamente a los amigos online, seres omnipresentes de hoy que sólo se esmeran por ofrecernoss sus virtudes….lo demás no importa. Aquí algunas:
1. Preguntan y estimulan hacerlo. Es como volver a ser niños de nuevo. Lo preguntan todo, desde el lugar donde nacimos hasta la comida típica, el clima, pasando por el tipo de cambio del país, y terminando con las perplejidades nuestras, sobre todo aquellas acerca del origen de la sal en el mar, el sexo de los angeles y la inmortalidad del cangrejo.
2. No Envidian. Ernesto Sabato, el gran escritor argentino, nos enseña que el ser humano suele tener una palabra de condolencia para los familiares de su semejante muerto, no porque lo lamente, sino como tributo final al hecho de que el muerto ya no será su competencia. Los amigos online no actúan así. Son más sinceros, no te ven como competencia ni la temen. Cómo temer de alguien a quien sólo encuentras en la red con el gesto de la mano y el impulso de un click ?
3. Son espontaneos. Los amigos 2.0 comparten de todo y con todos. No son tacaños y te ofrecen en abundancia. Desde un link de interés hasta una frase o una fotografía suelen viajar por la red con la velocidad del rayo y la encomienda de hacernos feliz. De modo que no hay que esperar hasta el día siguiente para tener alegrías. Cómo no ofrecer en abundancia si la red inagotable alcanza para todo, hasta para organizar una entrega de plegarias virtuales en cadena, en menos de 3 minutos, desde Los Pirineos a la Tierra del Fuego.
4. Están lejos. Tan cercas como un click y tan lejos como más nunca. No los vemos sino en la pantalla de nuestros computadores y los sabemos tan remotos que de solo saberlo nos entra un fresquito. O es que acaso vamos a negar que más de uno de nosotros casi muere de un infarto cuando una pareja de amigos offline se nos ha presentado en casa, sin avisar -con el cuento de darnos una sorpresa- cargando a cuestas con un niño recien nacido, la abuela reumática, un perro de pulgas, y un loro. Dios !. Los amigos online son una bendición !
5. Ninguno se comerá tu queso. Cómo van a comerlo sino tendrán núnca la oportunidad de saber donde estamos fisicamente. Y si llegaran a saberlo, no es de sabios propiciar el encuentro, pues la ilusión de la amistad nace de la distancia y el misterio hace la magia. Dos seres hartos de si mismos sucumben sin remedio a las fauces del tedio.
Terminada esta entrada y aún en el estudio, me quedé reflexionando un poco más sobre el asunto.
Acaso Internet nos hará cada vez más virtuales y menos humanos ? o acaso la necesidad de amistad es tan grande en estos tiempos de hoy que se ha mudado a otros nichos. Cualquiera sea la verdad, me dije, la mayor diferencia entre mis amigos offline y amigos online es que tendré que lidiar muy a menudo con los desaciertos de los primeros y aún así seguirlos queriendo, mientras que los excesos de los segundos los puedo resolver para siempre con tan sólo una tecla de mi PC.
En este último caso, sí, lo haría sin duda. Apretaría la tecla, convencido de que las lágrimas no circulan por las redes digitales.
Qué cambiante es el ser humano y qué capacidad tan grande tenemos de acomodarnos a las circunstancias, por muy adversas que sean. Sólo quienes no poseen esas cualidades son devorados sin piedad por la ley de selección natural, y definitivamente, éstos son la minoría.
Apenas hace pocos días todo era bullicio, alegría global por la Copa Sudáfrica 2010, banderas de todos los paises, pintas en los vehículos y en las caras, vuvuzelas, pulpos, quinielas, apuestas…y hasta pies descalzos y caderas inquietas de Shakira
No obstante, cuando los jugadores de España levantaron la Copa, y más tarde tomaron el avión y se fueron a celebrar con algarabía por las calles de Madrid y Barcelona, más de un hincha quedó sumido en la más absoluta depresión, yo entre ellos.
Qué hacer ahora, – me dije entonces. Cómo volver a la realidad de 365 días sin contar ya con la locura global de 8 mil millones de ojos humanos, siguiendo fijamente un balón durante 30 días. Cómo asumir que era el final si el ser humano antes de admitir que todo se acabó, prefiere imaginar que el objeto de su alegría durará aún un poco más.
En medio de ese vacío, qué hacer con tantos recuerdos, con objetos y hechos que perviven en nosotros con alargue de agonía… esas especies de desechos sentimentales que no terminan de pasar.
Tras este Mundial, seis de ellos no terminan de morirse; permanecen vivos aún, aunque desprovistos ya totalmente del esplendor de hace unos días. Veamos:
1. Los Televisores pantalla gigante de restaurantes y plazas. Cuántos ojos los vieron, apreciaron su resolución de última tecnología, sus imágenes nítidas en HD, y los hicieron vibrar por el ruído del grito de goooooooooooooooooooool, a todo gañote. Hoy son aparatos exóticos que algún otro destino tendrán pero jamás con la cobertura e imagenes como las de la Copa. No dudo sin embargo que podrán servir ahora en algunos casos para disimular los huecos en las paredes, o como receptores solitarios de la señal en vivo de un campeonato local de canoas de pescadores de arrastre, en el golfo de Paria.
2. Las banderas multicolores. Aquello parecía una fiesta del Sambodromo de Río cuando las gradas hacían la ola y las banderas se agitaban en el Soccer City, con quiebres de bambú. Los colores eran una especie de mosaico en movimiento, pasando de mano en mano hasta detenerse y reiniciar luego su marcha, entre cánticos y vuvuzelas. Dónde estarán hoy todas ellas, qué hacer para hacerlas converger de nuevo, con idéntico fervor de gente. No será facil, mientras tanto seguro permanecen cada una por su lado en el baúl más recondito de las casas, quietas, inertes, solas, como a la espera de una segunda oportunidad que no tendrán.
3. Las pintacaras. Imagino el tiempo que pasó toda esa gente, colocándose una base fuerte a manera de protector para cuidar la piel de la cara. Luego el fondo blanco y a continuación la bandera o el color del equipo o el logo o cualquier detalle que mostrara sin pudor el amor por su divisa. De quién serán las caras ahora y cuántas de ellas se necesitarán para evitar que todos los pintacaras del planeta terminen arrinconados, carne sólo de mimos y payasos. Valga decir que testigos hubo después del Mundial que escucharon con asombro diálogos como éste: mi amor no notas algo, siento que la cara me arde, como fuego. No, no te noto nada, sólo un enrojecimiento de la piel y un poco de pepas por doquier. Un poco de qué?. De pepas. Pero pepas pepas?. Claro, ni modo que pepas no pepas.
- Nooooooooooooo ! - dicen que se escuchó en el tocador, tras un portazo !
4. Las vuvuzelas. La historia recordará este Mundial como aquel en que el ruido de una abeja y un elefante se juntaron en una trompeta alargada y se adueñaron del planeta. Fué un acontecimiento ensordecedor pero no se recuerda éxito de marketing semejante. Cada quien regresó de Sudáfrica con su vuvuzela entre manos, orgulloso de traerse a casa los sonidos de Africa. Sin embargo, qué hacer ahora con ellas, cómo usarlas sin el temor de que el vecino de enfrente nos termine denunciando ante la asociación de animales salvajes, por creer que ocultamos en el jardín de casa una cría de elefantes.
5. Paul. La crónica oficial da cuenta que después del Mundial de Sudáfrica, Paúl fué liberado de su cautiverio y elevado a la categoría de gran adivinador oficial de la corte del País de los últimos días, donde tenía derecho real a ración doble de almejas. Le duró poco. Su suerte cambió cuando, requerido por el Rey acerca de quién era el preferido de la Reina entre él y su hijo, el pulpo eligió al jardinero.
Cuentan que el pulpo fue degradado y entregado a bajo precio a unos comerciantes nómadas del desierto de Atalaya, donde fué vendido al dueño de un circo de variedades. En una carpa a 60 grados de temperatura y por 50 centavos de dólar, Paul le mostraba a una fila de hombres anonadados cómo el sensor en uno de sus tentáculos fué lo que le generó geneticamente su afición por el color rojo.
Nos encontramos a tan sólo un día de saber quién ganará #elmundial: los españoles o los holandeses.
Las apuestas suben como el costo de la vida, y los más apasionados ya han empezado a festejar con la más absoluta certeza de que su equipo no perderá la final ni siquiera porque lo prediga Paul, el pulpo.
Yo, en cambio, no se si me importa más el triunfo de mi equipo favorito en el último juego o terminar de pensar qué haré cuando el árbitro suene el pitazo final. No es facil. Ha sido un mes intenso, de pura abstracción mental, alejado de la más trivial y purita realidad, viviendo mis propias alegrías de gol y celebrando -deportivamente- las derrotas ajenas.
El mundial me ha dejado cosas hermosas, entre ellas esos dribbling entre un bosque de piernas que terminaron con el balón en el fondo de la red, o las coloridas banderas en caras femeninas de las gradas, o Sara Carbonero con micrófono entremanos, o los aplausos VIP y brinquitos de emoción de las actrices y princesas.
Ahora, lo que si se me quedó definitivamente archivado en mi disco duro de hincha apasionado y peor entendido, fueron estas ocho cosas:
1. El Waka Waka. No me van a decir aquellos varones que criticaron la canción en pre-estreno diciendo que era un fraude y que mejor fué la anterior de Ricky Martin o la actual de Bisbal, que de bromitas no les dió un soponcio, o una cirimba como dicen mis amigos los dominicanos, cuando en el estreno del video vieron a Shakira en TV bailando descalza con un movimiento de caderas de infarto.
2. El pulpo Paul. No se si es un ardid, o una simple trampa mediatica, pero este bicho bendito tiene un mes en el trendig topic de twitter y no hay medio de comunicación en el planeta que no haya replicado una alusión a sus predicciones. Pensándolo bien, si Paul es tan acertado no estaría mal ponerlo como asesor del Banco Mundial para que prediga la próxima caída que generará la recesión global
3. Maradona, el técnico. Diego Armando fué un jugador excepcional. Aún hoy persisten las comparaciones con Pelé y los argumentos de fanáticos de ambos bandos se dejan sentir, pretendiendo para su favorito el trono definitivo de mejor jugador de la historia del futbol. Como tecnico sin embargo fué una novedad. Verlo allí en el stadiúm, todo formal él con traje gris y corbata, alentando a los muchachos y repartiéndole abrazos a diestra y siniestra, fue para mí algo único. Lo que no imaginé nunca fué que hiciera falta una vez más la mano de Dios.
4. Las vuvuzelas Yo no se si el ruido de esta especie de trompeta larga se asemeja más al de los elefantes o al de las abejas, pero estoy seguro que más de un tímpano ha quedado por ahí hecho trizas, y cuando regrese de Sudáfrica y la señora de la casa grite y anuncie al cobrador de turno, el diálogo con el dueño del oido maltrecho será más o menos así:
- Juan, el cobrador !
- Qué
- EL COBRADOR AL TELÉFONO!!!
- QUE QUÉ ?
5. El gol de Messi que no llegó. Pocos no fuimos los que esperabamos con ansiedad el bendito gol que no llegó. Cónchale, era él, Messi, el niño prodigio del Barcelona, el mago del gol, el argentino de oro. Que injusticia, ahora más de uno le echa la culpa de la derrota a su sequía de goles y pide como castigo que se inmole, que vaya hasta la avenida 9 de julio y justo frente al Obelisco, se arrodille, levante los brazos al cielo, y jure que no lo hará más.
6. Francia e Italia en las primeras de cambio. Dos equipos de tradición quedaron en el camino en la primera ronda, las cosas no se le dieron como esperaban, y por primera vez en muchos meses fueron titulares en la prensa local con más intensidad que Carla Bruni y el premier Berlusconi.
7. Negocio y realidad. Nadie niega que el futbol es el juego más famoso del planeta. La FIFA es el gobierno global, administra un negocio de derechos de transmisión, imagen, entradas a los stadium, pone las reglas, pone los árbitros (!!!) y pare usted de contar. Me pregunto cuál será el destino de esos hermosos stadium?, a lo mejor ya hay un plan con ellos, seguro que sí. Pero que bueno sería saber si por fin, gracias al futbol y su maquinaria, se ha podido lograr el milagro de que menos niños se levanten hoy sin hambre en la tierra de Mandela.
8. El Penalty que acabó con la ilusión. Si Asamoah Gyan acierta el penalty contra Uruguay, Ganha no solamente pasaba a la semifinal, sino también hubiera logrado el milagro de producir con tan solo un puntapié el momento de alegría más celebrado en el continente africano. A veces los pueblos necesitan un momento de alegría para no perecer de tristeza.
Mi hijo de 15, que ya son casi 16, se acerca a mi portatil, mira el título de esta entrada y pone cara de papá es un enfermo, todavía no ha terminado el mundial y ya él habla en pasado, como si todo hubiera acabado. Además, me dijo, no puedes hablar de lo que el mundial te ha dejado porque todavía no sabes qué pasará mañana.
“Qué pasará mañana” - retumban en mi cabeza las últimas frases de mi hijo.
Sí, me digo. Se muy bien lo que pasará mañana. Habrá un pitazo final, una copa levantada en medio de una marea de camisetas rojas o naranjas, y mucha gente triste por el final del torneo, erroneamente convencida con la más absoluta de sus certezas, de que la verdadera alegría es redonda, dura un mes, y solo se vive cada cuatro años.
Yo, en cambio, releeré Vila-Matas, regaré mis plantas, cuidaré el nido de los pájaritos en el oregano verde, y esperaré la noche sentado en la terraza, con Drexler y un vino tinto.
Salud !
Qué hacer ante la frustración de ver cómo el equipo al que le ibamos en el juego de hoy se despide sin atenuantes con una derrota 4 a 0.
El primer sentimiento es de rabia contenida, de desilusión por no verlos en esa anciada final, celebrando, alzando la copa y haciendo el paseo de la victoria mientras en las gradas los hinchas -entre ellos yo -les gritábamos a rabiar todo cuanto le agradecíamos ese momento de alegría.
Me entraron ganas como de llorar pero creo que no valía la pena… el juego estuvo bien, los del equipo contrario fueron superiores, corrieron mucho y tienen una técnica depurada. Pienso que sobrevaloramos nuestras opciones de triunfo y no pensamos nunca en la velocidad del contrario, en su fuerza arrolladora y en su tradicional pasta de campeón.
Provocaba empezar ya a echarle la culpa al técnico, a los jugadores, a los arbitros, a cualquiera… alguien tenía que pagar caro esta derrota.
En todo esto cavilaba en las gradas del estadium, cuando una mano en el hombro me devolvió a la realidad.
Era mi hijo. Aún sudaba por el esfuerzo en el campo de futbol, donde su equipo había perdido el derecho a pasar a la semifinal intercolegial de futbol.
- Tránquilo papá – me dijo mi hijo futbolista de 15 años – hoy no hemos ganado, pero te juro que nunca me sentí tan felíz como ahora de saber que tú, mi padre, has creído que yo podía ganar y mira que lo intentamos.
Lo miré y asentí con la cabeza. Lo tomé del brazo y salimos del stadium, celebrando silenciosamente nuestra victoria personal.

